El agua del río le llegaba apenas a la altura de las nalgas. Su cuerpo desnudo y moreno era el de la Orisha Oshún. Tenía cara de quien se sabe parte de algo grande, más grande que ella misma, mientras el hombre vestido de blanco le acariciaba la piel con un manojo de hierbas, envolviéndola con humo de tabaco. La gallina que iba a ser sacrificada lo miraba todo con ojos muy abiertos…

Aparté la mirada y apreté el paso para llegar al otro lado del puente porque supe que aquella escena no estaba hecha para mis ojos, porque me sentí un intruso, un espectador inoportuno sin derecho a presenciar la ceremonia.

Nunca antes ni después volví a ver algo parecido al cruzar el río Yumurí por aquella ruta que prefiero recorrer en las mañanas para poner en orden mi cabeza.

Aún así el sitio sigue pareciéndome mágico, casi sagrado, con su calma que envuelve como la niebla el puente peatonal –en su versión más reciente- donde se juntan los pescadores en las primeras horas del día cuanto otros todavía duermen o comienzan a despertar.

Allá abajo, en el agua oscura donde se dibujan y se desdibujan las formas del paisaje, flota casi siempre alguna ofrenda, que transita por la corriente mansa entre los troncos donde se toman su tiempo los pelícanos melancólicos y las gaviotas.

Siempre al ver pelícanos aquí, tan cerca de la bahía de Guanima donde suelen pescar, recuerdo que se las arreglan para eludirme cuando llevo cámara, mientras sus primos de la Ciénaga de Zapata posan para mi en la Laguna del Tesoro.

La niebla se mete en cada poro y le da un toque especial al Abra del Yumurí. Con cada paseo matinal gana terreno en mi la certeza de que tengo el privilegio de admirar, sin alejarme de casa, uno de los paisajes más bellos de Cuba, y uno de los más ignorados, tristemente.

“Yumurí”, nombre que tiene eco de leyenda aborigen, de montaña partida en dos, y reproduce en la mente las impresionantes vistas panorámicas de su fértil valle incluido junto a la Ciudad de San Carlos y San Severino de Matanzas y la Ruta del Esclavo, en la reciente declaratoria de Destino Turístico de Cuba.

No por conocidos merman sus encantos, como debe pasar con los amores que maduran bien, porque no envejecen.

 

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