Todavía con arena en los zapatos, escribo. Varadero me divide en dos, porque representa tanto mi miedo al mar como mi pasión por la naturaleza, acercando esos extremos hasta lograr que casi lleguen a tocarse.
Su magnetismo de postal en alta resolución del paraíso atrapa de inmediato y sin remedio. Varadero es real y no lo es. Más que una playa, es un micromundo donde cabe todo lo posible, una taza de oro a la cual se debe sacar brillo continuamente.
Dicen que el azul turquesa de sus aguas inspiró al mismísimo Christian Dior para crear el color “Varadero Blue” (Azul Varadero), muy de moda en los 50s del siglo XX.
En cualquier rincón del pueblito de pescadores que llegó a ser el principal polo turístico de sol y playa en Cuba, además de uno de los más codiciados del mundo, se respira toda una cultura nacida de la cercanía al océano.
Hay una nube de desenfado, de obsesión por el verano sin fecha de clausura que cubre la Península de Hicacos, con sus 22 kilómetros de playa para el goce del cuerpo y de la mente.
Uno aprende aquí las reglas nunca escritas de esta “cultura playera” y termina volviéndose casi un experto en elegir protector solar, sacudirse la arena de los pies, identificar la mejor hora para zambullirse, afincar la sombrilla contra el viento, encontrar un buen sitio de sombra para echarse a descansar bajo las uvas caletas…
Todo el espectro de tonalidades de la piel humana se exhibe en sus arenas que de tan blancas y finas parecen dunas de azúcar. Todos quieren un pedazo de Varadero, un recuerdo, algo para contar, una experiencia. Vienen de los rincones más insospechados del planeta para escapar de la rutina o del frío y se van tristes porque no se quieren ir.
Varadero=playa en mi cabeza, una idea fija que se robustece cuando me mece el agua y siento su sabor salado, mientras pasan volando muy cerca las gaviotas chillonas, las velas de colores sobresalen de la línea del horizonte y todo brilla con una intensidad embriagadora…
Pero, quien después de conocer este balneario tan criollo y tan cosmopolita tenga la certeza de haber conocido Cuba toda, será como el ciego del cuento que creyó tener idea fiel de la forma del elefante con solo tocarle la trompa.