El Yumurí es el mismo de siempre y no lo es. Su eco tiene algo de plegaria a un dios o a varios, de lamento esclavo, de súplica y de voz de mando. El río es una avenida de agua, no la única, que atraviesa la ciudad de Matanzas en un dar y tomar más allá del tiempo. La urbe es fluvial hasta la médula, pero a su gente a veces se le olvida y se comporta como si solo fueran hombres y mujeres de tierra adentro.
Cuando el bote rompe apenas la calma de la corriente, a uno le dan unas ganas tremendas de subirse a él y dejarse llevar a cualquier rincón verde con buena sombra a orillas del Yumurí, de volverse un náufrago de agua dulce con la única compañía de una mujer y un libro.
El Yumurí mantiene con la gente de sus riberas una relación difícil, como de amor y odio. Acaso paga un precio demasiado alto por ser tan importante.
A sus aguas va a parar todo lo que ya no queremos, restos descartados de nuestras vidas, desde animales muertos hasta piezas de maquinaria soviética y la única venganza del Yumurí es poner nuestra basura íntima a la vista de cualquiera.
El río sigue la pauta de un danzón, el baile nacional cubano que nació en Matanzas, cuando riega campos de cultivo y reductos de monte, salvaje solo a medias, donde abundan las palmas reales.
Para quien sepa leer los signos, en cada palmo de tierra está escrita la historia natural de la región donde la vida alardea con sus diseños tan originales como el del plumaje que viste el tocororo, ave nacional.
Aunque nadie lo ha nombrado todavía el Valle del Yumurí tiene aires de Paisaje Cultural que roza el alma a quien lo contempla desde la Loma del Estero, allí donde los catalanes levantaron la Ermita de Monserrate en el siglo XIX. Desde ese punto se divide la atención del observador entre el valle a la derecha y la bahía de Guanima –nombre aborigen- a la izquierda, con la ciudad en medio de su topográfico abrazo.
Quienes nacimos aquí sentimos un cosquilleo de puro orgullo cada vez que se da la ocasión de compartir con alguien el halo romántico de esa visión en un día despejado. “Y aquella loma de allá es el Pan de Matanzas. Fíjate: tiene forma de mujer -¿india?- dormida”, le decimos a los forasteros cuando vemos en sus ojos que ya comienzan a amar lo que nosotros desde hace tiempo amamos.
“Adiós, callado y memorable río,
Cual mística sirena entra en el mar
Recitando el humilde canto mío,
De tus hondas al dulce murmurar.”
(Fragmento de Oda al Yumurí, del poeta Gabriel de la Concepción Valdés “Plácido”)