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Dicen que si dependiera de sus habitantes, reconocidos por un orgullo a toda prueba de su terruño, la ciudad de Cárdenas sería la capital de Cuba.

Unos, aunque aseguran quererla, apartan los ojos para no ver sus oscuridades; otros, quienes la aman de verdad, miran directamente al caos que se apodera de sus calles en proceso de ruralización, como desafiándolo, y se rompen la cabeza para encontrar el modo de salvar este trozo de Cuba que merece más.

El pueblo de la urbe de San Juan de Dios de Cárdenas, fundado hace 190 años, en todo ese tiempo venció incontables batallas contra el mar, alumbró patriotas –mujeres y hombres- a la medida de su tiempo, se coló en los libros de Historia y en las guías de turismo, saboreó la victoria del regreso del niño Elián González, es el rincón de Cuba con mayor crecimiento poblacional…

Pese a todo, la ciudad va perdiendo la épica bronca contra el tiempo, en la que se juega, nada más y nada menos, su memoria.

Cuando se recorren sus calles –mejor si se hace a pie, en coche movido por caballo o bicicleta- duele ver solo restos de un pasado importante, como las sobras de un banquete fastuoso.

Es difícil evitar la tentación de ponerse a enumerar sus célebres primicias, sus joyas arquitectónicas, sus hijos ilustres y los tesoros patrimoniales celosamente guardados, por ejemplo, en el museo Oscar María de Rojas, pero uno escribe esto, en primer lugar, para quienes ya se saben el cuento, excepto, claro está, cómo termina.

Por hacer mal, o por dejar hacer, o por no hacer nada en lo absoluto, lo cierto es que Cárdenas, la original, se va, se escapa, un pedazo cada día, como en cámara lenta, víctima de una enfermedad curable, pero solo con el adecuado tratamiento.

Hablamos de patrimonio material e inmaterial, de identidad, de Historia. Llorar por lo perdido solo sirve cuando se trata de aprender y enseñar las lecciones, pero queda tanto por hacer que lo más sabio es jugársela al ir hacia adelante.

El patrimonio no puede esperar y la “refundación” de Cárdenas ya se tarda demasiado. Hay quien cree que la cosa va más allá de la tan mentada –y rotundamente real- falta de recursos, porque cambiar las mentes puede ser tarea de titanes.

Que venga “el oro” que ya lo están esperando, pero también hacen falta más, muchas más manos para ayudar a los hijos buenos de la Ciudad Bandera que ya procuran salvar primero una zona priorizada para la conservación.

Entre lo más preciado destaca un rico patrimonio industrial, con ejemplos como la ronera Arechabala, pero también la estación de trenes San Martín, todo el sistema de arquitectura religiosa, viviendas típicas y el maltratado edificio La Dominica, donde ondeó por primera vez la bandera cubana.

Es curioso que una mano amiga se tienda desde la Oficina del Conservador de la tricentenaria ciudad de San Carlos y San Severino de Matanzas. El gesto parece demostrar que la supuesta rivalidad entre ambas urbes es tan sólida como el humo.

Tomado de la página http://www.tvyumuri.icrt.cu/matanzas/cardenas-una-ciudad-que-se-va/

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